Libro cuatro de la serie · Armonía
Toca Cmaj7 · Am7 · Dm7 · G7 · Cmaj7. Ahora cambia el último compás por A♭maj7. Algo pasó — y pasó antes de que ese compás sonara.
La armonía tradicional contesta con precisión una pregunta enorme: ¿qué función cumple este acorde? Este libro agrega otra —¿qué esperaba el que escucha, y qué se lo hizo esperar?— y la convierte en un procedimiento. En vez de preguntar qué acorde puede seguir a éste, escribes qué quieres que le pase al que escucha y después buscas los acordes que cumplen esas condiciones.
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Los mapas hacen visible el procedimiento, las cartas lo resuelven para cuatro familias de acordes y el apéndice A traduce cuarenta intenciones. Ninguna de esas tres cosas es el método. El método son estas siete líneas, usadas en orden.
¿Qué quiero que pase? Escrito como efecto, en una línea, sin nombrar ni un acorde.
¿Qué quiero que el oyente espere? Sin lanza no hay sorpresa: una expectativa hay que construirla antes de poder romperla.
Qué sobrevive al cambio: una nota común, la conducción, el bajo, el sonido, o una nota concreta que no quieres mover.
Qué se rompe. Cinco canales se contestan por separado: destino, sonido, bajo, aterrizaje y marco.
¿Qué acordes cumplen esas condiciones? A veces veinte, a veces cuatro, y a veces la respuesta es que ese acorde no existe.
Tocas los candidatos y eliges. El mapa achica el terreno; nunca decide qué música es buena.
¿Qué empieza a esperar ahora el oyente? Esa respuesta es la entrada del compás siguiente, y el ciclo vuelve a empezar.
Se construyen piezas enteras sin nada más. Durante el proyecto el vocabulario cambió tres veces y el método no cambió ni una.
Éste es un método generativo, no un catálogo. Aquí no hay listas para memorizar: declaras qué quieres que le pase al oyente y el mapa devuelve todos los acordes que lo producen, incluidos los que nunca habrías buscado.
Mapa 3 · Navegación, desde Cmaj7. Los sectores son lo que conservas; los anillos, cuán lejos vas. Los acordes están en la casilla, y están escritos en grados: la misma rueda sirve desde las doce fundamentales.
Una búsqueda puede devolver trescientos acordes, y trescientos es otra vez el diccionario. Por eso el método tiene una segunda fase, la que casi nadie hace: cierras el espacio de nuevo, de a una condición por vez.
Cuatro condiciones convierten una biblioteca en un trabajo de una tarde. Y las cuatro que quedan las tocas tú: el mapa achica el terreno y ahí se detiene.
No son cinco conceptos igual de abstractos. Cada uno contesta una pregunta, y saber cuál abrir es la mitad del trabajo. Si no sabes cuál, abre el Mapa 3: es el único que devuelve acordes con nombre.
Entra una frase en lengua corriente y sale un puñado de candidatos. Su respuesta más valiosa es la que ningún catálogo da: eso no existe.
Se lee hacia atrás para entender y se dibuja hacia adelante para componer. ¿Escuchaste un pasaje que te gusta? No copies los acordes: dibuja su mapa y busca los tuyos.
Se abre antes de romper nada, y contesta una pregunta anterior: ¿tengo con qué romper? Sin lanza no hay sorpresa: hay un acorde raro.
Dos curvas, no una: lo que el oyente sabe y lo que quiere. El compás donde se separan es el compás donde la pieza deja de ser previsible.
Dio el resultado más incómodo del proyecto: a partir de tres alteraciones de diferencia hay cero pivotes. El pivote clásico se queda sin material justo donde más falta hace.
Un acorde que ya es del destino y todavía se agarra de donde estás. Quince llegan a La bemol mayor desde Do, y uno de ellos es lo que la tradición llama intercambio modal.
Veinticuatro figuras, dibujadas para este libro y calculadas por el mismo programa que produce cada cifra que hay adentro. Estas tres son las que más vas a usar.

Cómo una intención se vuelve búsqueda: hilo → señales → condiciones → candidatos. En cada eslabón eliges dentro de una lista cerrada, no dentro de toda la música.

Ocho compases, compás por compás. La curva llena es lo que el oyente sabe; la punteada, lo que quiere. Donde se separan es donde la pieza deja de ser previsible.

Una de las cuatro cartas: una familia entera resuelta de antemano, en grados. También muestra lo que no se puede hacer: las casillas vacías son información, no huecos.
Un método honesto tiene que mostrar dónde deja de ser la herramienta. El libro tiene un capítulo entero sobre eso, y otro sobre las siete maneras en que una búsqueda se traba.
No compone por tú. Achica trescientas opciones a cuatro y ahí se detiene. Esas cuatro las tocas tú.
No desempata. Dos candidatos empatan porque están igual de cerca, no porque sean igual de buenos.
Ritmo, registro, textura y timbre quedan fuera del cálculo. Son otra capa del problema, y el libro lo dice en vez de disimularlo.
No refuta la armonía tradicional. La usa entera —dominantes, sustitutos, préstamos— ordenada alrededor de otra pregunta.
Cada parte te deja haciendo algo que antes no podías. Cada capítulo termina con un ejercicio al instrumento: qué tocar, qué escuchar, qué suele fallar y cómo saber que ya lo tienes.
Toca una parte para abrirla
Los ejemplos no están escritos para ningún instrumento en particular: todo va en cifrados y en grados, así que suena igual en guitarra, piano, acordeón o en una sección de vientos. No hace falta haber estudiado armonía funcional.
Guitarristas y pianistas que saben muchos acordes y quieren elegir entre ellos por una razón.
Compositores de canción, para quienes el capítulo de inversiones y las cuarenta intenciones traducidas ya pagan el libro.
Arregladores y productores que trabajan con loops, pedales y color: el territorio donde los acordes se mueven menos, y donde saber qué está esperando el que escucha importa más.
Músicos de jazz, que van a reconocer todo, y después van a ver lo que estaba al lado y no tenía nombre.
Compositores para imagen, por el capítulo de mediantes cromáticas y el de cambio de marco.
Cualquiera que se haya preguntado por qué funciona una progresión que ya toca, y haya recibido «tensión y reposo» como respuesta.
Todos llegan a la misma pregunta por un lado distinto: qué espera el que escucha, y qué se lo hizo esperar. No hace falta haber leído los otros para leer cualquiera de ellos.
«El mapa dice qué es posible. Tú decides qué es bueno.»
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